miércoles, 13 de febrero de 2013

El pibe de las zapatillas de las mil batallas

Por Luis Alberto Climenti

Sentado en el cordón de la vereda estaba yo justo a las tres de la tarde. Esa era la hora que me habían dicho que iban a pasar. El partido era a las cuatro y media. Estaba con tiempo. No había problema.

La calle era cómplice de un silencio que inundaba el barrio. El sol era fuerte. Muy fuerte. Pero no importaba, ahí estaba yo esperando a los muchachos. Tenían que pasar para ir a la cancha. ¡Jugaba el Temporal contra el Real de Guillón! ¡Era un partidazo! ¡Como me lo iba a perder si yo era el 5 del Temporal!

Era un amistoso. Pero esos partidos de amistosos no tenían nada. El negro López nos había hecho partido y no era un desafío para dejarlo pasar. La última vez que les jugamos, les ganamos clarito. ¡Se quedaron calentitos! ¡Les pegamos un zaino bárbaro! Me acuerdo que fue un 3 a 0 con un golazo del Púa. ¡Tremendo! Los otros dos los hicieron Carlitos y Tito.

Ese partido se había puesto chivo. Estaba trabado. Trabadísimo. Ya les habíamos pegado dos pelotas en los palos. Pero el arco no se abría. Por allá  la pidió el Púa. Levanto la mano y metió el grito. La pelota venia medio venenosa desde el otro lado. Había salido disparada de un rebote. La paro con una cancha que ni te cuento. ¡Qué jugador! El púa era petisito, morochito. Desfachatado para jugar. Así medio chuequito que era, la dejo clavada debajo de la suela de unas zapatillas baratas que tenían mil batallas. (Porque en esa época no se jugaba con botines, el que sabia jugaba en zapatillas). Bueno; la paro como dejando en claro quién mandaba en esa relación. Levanto la cabeza en la mitad de la cancha y encaro. ¡Mamita! ¡Como jugaba ese nene!

Empezó a mover la pelota de un lado al otro. Como que la llevo a pasear, viste. Ahí, la llevaba cortita, al pie. Despacito, para que no se mareé. La mostraba y la escondía. La mostraba y la volvía a esconder. La pisaba con la zurda y se la prestaba a la derecha. De la derecha a la zurda. No se veía bien la jugada porque se levantaba mucha polvareda. Yo estaba del otro lado, contra el lateral.

Hacia tanto calor que la tierra de la cancha de 9 estaba seca. Si te quedabas parado te quemabas las patas. ¡El sol no te perdonaba! yo iba acompañando la jugada por el otro lado por si me la largaba, viste. Pero cuando la agarró, encaró. No la dudó ni un segundo. Encaró con el pecho inflado y un pedacito de lengua afuera. Así, medio como mordiéndola entre el colmillo y las muelas. Compadrito con la bocha, encaró para la derecha como si fuese a meterse en el arco con pelota y todo. El defensor lo vio y empezó a recular. Se movía hacia atrás pero sin perderlo de vista. Pero el Púa le metió un freno y engancho hacia el otro lado. Lo dejó pagando. De ahí nomas, en la puerta del área, ¡le pegó un zurdazo que lo clavo en el ángulo hermano!

¡Qué golazo mi Dios!  

¡Los de enfrente no la podían creer! Estaban calientes como una pava. El cuatro se agarraba la cabeza y en los ratos libres le pegaba al piso. Tremendo gol que les había hecho el Púa. El arquero voló a mano cambiada pero... sabía que no llegaba. El pibe voló para la foto. ¡Lo único que logró fue que el gol sea más lindo!

Desde de ahí, todo fue más fácil. Pim, pum, pam. Toque acá, toque allá. El Púa manejaba el partido y los tiempos. Mirá, puso dos pelotas bárbaras. Una a espaldas del defensor (que lo tenía alquilado) y la otra fue un centro lindo a la carrera. Las dos terminaron en gol. Cerraron una tarde gloriosa que marcaba la paternidad en el barrio.

Mientras los esperaba sentado en la calle me acordaba de ese partido. Por allá los ví. Las líneas del asfalto levantaban el calor del barrio. Un barrio de casas bajas con algunas manchas de humedad y algo de pintura vieja entremezclada. No conocían de gente a la hora de la siesta. ¡No había un alma en la calle! Pero ahí venían. Estábamos todos. Listos para ir a mostrarles a estos quien mandaba en el barrio. ¡Gracias a Dios venia el Púa! ¡Gracias a Dios venia el pibe de las zapatillas de las mil batallas!

El triunfo, estaba (casi) asegurado.

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